Guano, mercurio, oro, plata y cobre: urgencia de la República Eterna del Perú
En memoria a Heraclio Bonilla
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Favio Leiva
Hace unos días tuve el privilegio de publicar un artículo sobre la minería en el Perú en el contexto de un modelo de crecimiento con un recurso agotable, sobre la base del modelo de Stiglitz que coexiste con un sector alternativo en la prestigiosa revista Resources Policy (Leiva, 2026). El principal mensaje es que las reservas son parte de la función de producción y, conforme se extrae el recurso, queda menos por extraer, por lo que ese factor se vuelve cada vez más escaso y, por lo tanto, la productividad del trabajo y del capital cae al mismo tiempo. En palabras simples, mientras más recursos se extraen, más difícil es extraerlos en cada momento. Desde un punto de vista de la explotación del recurso, podríamos pensar que la ley se reduce o que este se encuentra en un punto cada vez más profundo en la tierra, lo que hace que se necesite mucho más esfuerzo, trabajo y capital para extraerlo. Lo que tiene que ver con el guano de este artículo, está inspirado en lo que Bonilla (1984) escribió. Tanto en la época del guano, como en la época del mercurio como ahora, el Perú necesita diseñar una Regla de Hartwick ad-hoc que permita que los pueblos mineros o los pueblos cercanos a la minería tengan una industria alternativa cuando las reservas se agoten, considerando también la migración hacia el distrito minero o fuera del distrito minero.
Entonces, utilizar un modelo convencional que no incorpora este efecto para entender la producción de recursos naturales no renovables genera errores catastróficos, no solo de tipo conceptual y econométrico, sino también en la recomendación de política. En particular, durante la fase del boom, al inicio de la explotación, si los hacedores de política piensan que la producción se mantendrá ad infinitum y generan gastos permanentes, tendremos un segundo boom de origen fiscal; pero, como sabemos que los ingresos se reducirán a futuro, este también deberá ser seguido por un bust fiscal.
El ciclo del guano duró 40 años, hasta que la calidad del yacimiento se volvió poco productiva y apareció un sustituto: el salitre. Un Estado miope, sin reglas fiscales y con una Hacienda incipiente, junto con una clase política sin visión de largo plazo, es también responsable de lo que posteriormente se cristalizaría en la humillación de la Guerra del Pacífico, que quizá también podría llamarse la Guerra de los Fertilizantes. Ahora Bayóvar puede ser una oportunidad para volver a tener una industria relevante de fertilizantes en el Perú que pueda fortalecer la agroindustria y reduzca su exposición a riesgos geopolíticos. Más aún, y en esto hago un ejercicio puramente especulativo, ¿no podría unirse junto con Camisea en un joint venture para desarrollar los Fertilizantes in-house? Piura y el Cusco, tan lejos, pueden ser dos columnas para tal industria, una por el lado fosfatado y otra por el lado nitrogenado. Pero eso implicaría un compromiso de largo plazo, la participación de actores privados relevantes y estabilidad garantizada por el Estado, un reparto justo de los beneficios y una tributación estable y equitativa, además de una habilidad política muy escasa. Todas estas virtudes rara vez confluyen pues el fanatismo ideológico provoca enfocarse en solo una parte de lo necesario, construyendo una mesa de una sola pata.
Con la aparición de la industrialización, los fertilizantes se volvieron un recurso estratégico para poder alimentar a las nuevas clases trabajadoras que demandaban, naturalmente, más comida. El desarrollo de la urea, un fertilizante artificial, finalmente le daría la estocada final a la industria latinoamericana de fertilizantes. Pero la guerra entre Ucrania y Rusia ha demostrado que, aun hoy, siguen siendo un recurso estratégico. Los esfuerzos diplomáticos por evitar la guerra tienen un valor en sí mismo. Ninguna forma de imperialismo debe ser aceptada por la comunidad internacional. No más colonias ni satélites de nadie. Especialmente, de ningún miembro del Consejo de Seguridad de la ONU.
Volviendo a la discusión sobre el guano, hay que agregar que este estaba concentrado en un solo punto del territorio nacional. ¿Es responsable que el destino de todo un país se rija por un solo punto? Naturalmente no. Debe haber varios nodos de desarrollo en el Perú, en el Norte, el Centro y el Sur. Debe haber nodos de desarrollo en Occidente y Oriente. La diversificación también debe ser geográfica. Pensar en la Amazonía y su rol en el desarrollo nacional debe ir más allá de simple extractivismo. A todo esto, existe un corpus relevante de artículos académicos publicados sobre Perú sobre taxonomía vegetal y animal en Scopus que deben ser leídos y releídos. Toda esa investigación puede alimentar la industria farmacéutica y la química. Los saberes ancestrales de las comunidades nativas, respetando sus derechos por lo menos siguiendo el Protocolo de Nagoya (Convenio sobre la Diversidad Biológica Naciones Unidas, 2011), pueden también ser una fuente de crecimiento sostenible. Debemos aprender también de esos pueblos que hemos maltratado tanto históricamente respetando su autoría intelectual y su sabiduría. Los recursos genéticos son también el tesoro de la Nación y debemos estudiarlos, protegerlos y aplicarlos responsablemente. La Naturaleza también es nuestro tesoro. Un tesoro verde. Un tesoro que las comunidades nativas han sabido custodiar mejor que el propio Estado Peruano.
La clase burguesa en el Perú no se desarrolló porque nació en torno a una industria que está destinada, como exploré en el artículo de Resources Policy, al colapso, transformándose eventualmente en una clase parasitaria que dependía de la deuda del Estado con ella. Bonilla identificó claramente este proceso. También señaló que el Perú no tenía mucho margen de maniobra a nivel internacional debido al poderío del Reino Unido que, en los hechos, se convirtió en el nuevo hegemón tras la independencia del Perú. La moneda llegó, en un momento, a llamarse libra peruana. Creo que eso lo demuestra todo.
Pero también, como muestra Revilla (1993), hay que destacar que había un exceso de liquidez en el Reino Unido que llevó incluso a The Economist a hablar con exaltación de las oportunidades de inversión o de préstamo que el Perú ofrecía. No se trató simplemente de una mala medición del riesgo, sino de una pésima evaluación (assessment) de por qué el Perú tenía una ventaja comparativa dinámica que se estaba agotando. Posteriormente, The Economist diría lo contrario sobre el Perú. De alguna forma, los bonistas también fueron causantes de la debacle por su pésimo conocimiento de la realidad peruana. Ambos factores, internos y externos confluyeron para la catástrofe que sucedió antes de la Guerra del Pacífico.
Contreras (2008) ha discutido, por otra parte, sobre el mercurio, o azogue de Huancavelica de la mina de Santa Bárbara que, junto con la plata de Potosí, eran considerados el tesoro de la corona española. El colapso de la mina de mercurio en 1786, atribuido en buena parte a malas gestiones por parte del encargado de la misma, fue considerado como una catástrofe no solo para Huancavelica, sino también para el Perú. El responsable directo de esta ruina fue el director Marroquín (Dancuart, 1902), quien ordenó extraer los puentes, estribos, arcos y cielos que servían de columnas para sostener la mina, delito por el cual fue ejecutado mediante el garrote. Ni el Barón de Nordenflich en las etapas finales de la época virreinal, ni empresarios y sociedades como Demetrio Olavegoya, la Compañía Mineralógica, la Compañía Huancavelicana, Luis Flores (en sociedad con Juan Salaverry y Antonio Robles), la empresa de Basadre y Compañía, el ingeniero Alfredo Weiler, la compañía de León Alarco, ni diversas compañías británicas en la época republicana pudieron reflotar la mina que terminó en una fase de pallaqueo y pobreza en línea de lo que mi modelo predice.
Sin embargo, desde la perspectiva del modelo propuesto en Resources Policy, conforme las operaciones de la mina de mercurio crecían, el riesgo de accidentes y la dificultad de extracción habrían ido aumentando. Las inversiones en la mina para garantizar su seguridad sin duda eran necesarias y el encargado fue inescrupuloso, pero es la misma naturaleza del recurso natural la que hacía que este no fuera a durar para siempre. La corona española también fue miope; el virreinato lo fue. Ni el virreinato ni la República inicial pudieron convertir con éxito esos recursos, ese regalo del cielo en la tierra, en una industria alternativa que no se viera limitada por ellos. Quizá nunca les importó.
Pero decir que todo es culpa del Estado es también un error. Y acá radica la genialidad de Bonilla: la clase burguesa en el Perú nunca llegó a ser, en el siglo XIX, lo que sí fue en el Reino Unido, donde, mediante la mecanización -especialmente en el sector textil unido a las máquinas de vapor-, se consolidó como fuerza transformadora. La ilusión de los ferrocarriles conectaba aire con aire, no polos de desarrollo. Solo se conectaban minas y yacimientos con los puertos para acelerar la exportación, lo que, a su vez, aceleraba el agotamiento.
La gran pregunta hubiera sido: ¿qué industrias debieron haberse promovido? ¿Qué grupo social hubiera podido generar ese espíritu animal capaz de crear industrias sostenibles en el tiempo? El Perú seguía, en muchos lugares, en un estado semifeudal y, al no haber más minerales que explotar, la economía pasó a depender enteramente de la explotación de los campesinos y los indígenas hasta bien entrado el siglo XX, en el sistema de Haciendas, herederas muchas veces-salvo honrosas excepciones-del sistema de encomiendas. La Independencia intentó sustituir el tributo indígena con los recursos del guano, pero eso solamente significa que se usaron ingresos transitorios para financiar gastos permanentes.
En este punto hay que resaltar que hay algo de verdad en la posición liberal de reducir los gastos del gobierno. De hecho, fueron los liberales quienes manifestaban la injusticia del tributo indígena. Pero el Estado no debe ser mínimo: debe ser óptimo; ni tan grande que parasite a los ciudadanos con impuestos injustos, ni tan pequeño que no pueda cumplir sus funciones. De más está decir que el Estado debe ser responsable fiscalmente y respetar los equilibrios macroeconómicos. Bruno Seminario mencionaba a Alexander Hamilton de Estados Unidos como paradigma a este respecto.
Asimismo, el Estado no solo debe construir carreteras, sino generar nodos en la red que valga la pena conectar. Empezar conectando todas las capitales mediante caminos de alta velocidad y luego generando caminos adicionales que tengan alta capilaridad, como hizo Estados Unidos bajo Eisenhower, que se cristalizó en The National System of Interstate and Defense Highways mediante la Federal-Aid Highway Act of 1956. Perú debe aprender de Estados Unidos.
Y a esa brillantez estadounidense, que permite tener un sistema de carreteras para la defensa nacional, habría que agregar un sistema de trenes que conecte las ciudades y de subterráneos en las ciudades grandes como Lima, o tranvías o trenes ligeros en otras ciudades como Trujillo, Chiclayo y Arequipa. Cada cual según los umbrales críticos necesarios para hacerlos viables, siguiendo la experiencia japonesa en que Hiroshima tiene un sistema de tranvías, mientras que Nagoya, Tokio u Osaka tienen subterráneos; además de los buses, por supuesto. Perú debe también aprender de Japón.
La solución del Perú tiene que ser multimodal. El sistema de transporte en la selva sigue siendo un reto y es necesario fortalecer las hidrovías y explorar, quizá como decía Bruno Seminario, otras formas de transporte alternativas, como los globos aerostáticos. El Perú debe crear soluciones nuevas a problemas de transporte distintos. A esta discusión deben aportar naturalmente los expertos de la economía del transporte, urbanistas, planificadores e inversionistas. Las ciudades de la sierra también deben explorar con seriedad la utilidad de los teleféricos, siguiendo la experiencia de Bolivia en La Paz y lo que ya se hace en Kuélap. El Cusco necesita otro sistema de transporte. Un país como el Perú requiere aprender lo mejor del mundo y pensar una solución propia. Este país es tan diverso geográficamente que una sola solución para todo el territorio es absurda. Perú también debe aprender de sus vecinos.
Asimismo, siguiendo el criterio de subsidiariedad, el Estado debe hacer aquello que el privado no hace y que es necesario. Puede haber actividades que son rentables para el Estado, pero no para el privado. La moneda, la seguridad, la salud, la educación general, las relaciones exteriores, la seguridad energética, la resolución de injusticias históricas (a indígenas, mujeres, personas LGBTIQ+), la justicia y tantos otros bienes no pueden ser satisfechos solo por privados.
Un Estado raquítico es inaceptable y genera descontento que, eventualmente, puede llevar a un Estado autoritario. Debe controlar la calidad de todos los servicios que ofrece. Debe escuchar a los usuarios y hacer correcciones. Debe reducir costos innecesarios y enfocarse en incrementar la eficiencia, aumentando la productividad de los trabajadores públicos; no contratando por amiguismo, sino por idoneidad, aunque eso implique contratar al oponente político.
Los recursos naturales son un regalo del Cielo a la Tierra, pero vienen con truco. No provienen de ningún esfuerzo humano; solo están ahí. El truco está en que no durarán para siempre. Seremos nosotros los que, con esos recursos extraordinarios, tendremos que construir un mejor futuro para las generaciones venideras. Debemos pensar en una República Eterna del Perú donde cada persona pueda florecer incluso cuando se hayan acabado el oro, la plata y el cobre.
Porque si no actuamos ahora, la catástrofe del guano parecerá un juego de niños comparada con el colapso al que nos dirigimos. Debemos fomentar en cada pueblo del Perú, en cada lengua, un deseo eterno de innovar, crear y crecer que trascienda en el tiempo. El verdadero tesoro del Perú no es el cobre ni el oro, sino cada persona: cada niño o niña, cada anciano o anciana, cada trabajador o trabajadora, cada inversionista, cada músico, cada artista, cada deportista y cada científico que apuesta con su esfuerzo por un futuro mejor que trascienda la fase de extracción. El Perú debe garantizar la alimentación de la población. No debe haber hambre y cambios abruptos en los precios de los alimentos al alza. Al mismo tiempo, el Perú debe reflexionar sobre las últimas tendencias de obesidad que vienen surgiendo últimamente. Disfrutar de la comida debe ir de la mano de un programa de educación generalizado, como el que existe en Japón, sobre como alimentarse correctamente en las escuelas. Ello permitiría una distribución más equitativa de los alimentos y un mayor nivel general de la salud del Pueblo.
Debemos utilizar los recursos que el Cielo puso en la tierra del Perú para que, eventualmente, las heridas históricas sean sanadas. Debemos también pensar en la Naturaleza y cómo compensarla luego de la contaminación que inevitablemente trae la minería. Decir cuál será la industria alternativa es algo que no está en mis manos; pero decir que es inaceptable que los recursos del pueblo se dilapiden en corrupción, Rolex, fiestas o comilonas, sí lo está. ¿Estamos entonces a la altura de la Historia? ¿O seremos estudiados en el futuro como otra farsa guanera más? La República Eterna del Perú debe ser una República en Eterna Reforma, eternamente autocrítica, dispuesta a pedir disculpas cuando sea necesario, y siempre trabajando por el Bienestar General de los Pueblos del Perú, en quienes todavía podemos poner nuestra esperanza más allá de las diferencias étnicas, de género, de clase y de origen.
Referencias
Bonilla, H. (1984). Guano y burguesía en el Perú (2.ª ed.). Instituto de Estudios Peruanos.
Contreras, C. y Díaz, A. (2008). Los intentos de reflotamiento de la mina de azogue de Huancavelica en el siglo XIX. América Latina en la Historia Económica, 29, 7–29.
Dancuart, P. E. (1902). Sistema, denominación y explicación de las rentas ordinarias, contribuciones y demás ramos de ingreso del Estado. En Anales de la Hacienda Pública del Perú (Tomo I, Cap. 2.º). Imprenta Librería y Encuadernación de Guillermo Stolte.
Leiva, F. (2026). A two-sector model of resource depletion in Peruvian mining districts: a Bayesian Model Averaging calibration and 3D phase diagram analysis. Resources Policy, 114, 105863. https://doi.org/10.1016/j.resourpol.2026.105863
Revilla, J. E. (1993). Endeudamiento y riesgo: Un modelo del premio por riesgo de la deuda externa peruana en el siglo XIX. Revista de Historia Económica / Journal of Iberian and Latin American Economic History, 11(1), 11–47. https://doi.org/10.1017/S0212610900003773
Secretaría del Convenio sobre la Diversidad Biológica. (2011). Protocolo de Nagoya sobre Acceso a los Recursos Genéticos y Participación Justa y Equitativa en los Beneficios que se Deriven de su Utilización al Convenio sobre la Diversidad Biológica: Texto y anexo. Montreal.